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sábado, 21 de julio de 2012

Sale en Agosto

 
El punto de partida es una imagen; la imagen de un sueño. Y el árbol de remolachas cocidas responde siempre a esta premisa. Es entonces cuando las historias se disparan a esa atmósfera muy delineada, de exquisita prosa por momentos y se desdibujan con el toque de lo onírico. GGR pasa de una situación a otra, transita los cuentos y los personajes sin abandonar el estilo, abriendo un abanico de recursos que sólo el cuento permite y creando escenas de esas que se quedan pegadas en la retina. Muchas de las situaciones enumeradas en este libro de cuentos serían tema suficiente para dar motivo a novelas, pero es ese tratamiento intensivo de cada uno lo que hace de este libro un hecho literario único.
En agosto sale "El árbol de remolachas cocidas" de Wu Wei narrativa.
Posted by Picasa

sábado, 23 de abril de 2011

Unas pocas palabras valen más que cualquier imágen

-Eran como carros de supermercado -dijo ella- esos changos del Coto, pero más altos. Cabía una persona parada, Bah, no tan altos. Las personas eran todas chinas. Iban ahí, derechitas, con los brazos a los costados del cuerpo. Las más osadas enganchaban tímidas los dedos del enrejado del carro. Andaban por acá y por allá, a toda velocidad, y sólo se detenían al llegar a las vías. Ahí quietísimas esperaban a que terminaran de pasar los enormes edificios. Esas especies de monoblocks que se deslizaban sobre los rieles, con todo y sus habitantes asomados a las ventanas, viendo cambiar el paisaje y puteando cada tanto por alguna camisa que se soltaba de la cuerda e iba a parar allá, a engancharse del alambrado que rodeaba la omnipresente Central Atómica.

viernes, 18 de marzo de 2011

El árbol de Remolachas Cocidas


Hacían falta sólo dos pasos fuera de la casa para que el fondo de mi abuelo se transformara en una selva. Detrás de las primeras plantas que crecían achaparradas a orillas del cemento comenzaba una maraña de árboles que se cerraba, metro a metro hasta hacer casi imposible el paso de una persona. Todas las tardes, mi abuelo se ayudaba con el machete abriéndose camino hasta perderse en la oscuridad. Yo lo observaba a través de mi ventana. Allí iba él, despareciendo entre el follaje para alimentar al lobo. Yo esperaba en mi habitación hasta la noche, cuando él regresaba con el tesoro del más precioso de los frutales: el árbol de remolachas cocidas.

Mi abuela ya no estaba. Había muerto de algo que, según mi abuelo, le pasa a las mujeres, y mis padres venían muy poco, sólo cuando sus trabajos en Buenos Aires se lo permitían.

El sonido del machete sobre el mármol era la señal. Yo corría hacia la cocina y encontraba los dos platos, con las enormes remolachas aun tibias, recién arrancadas y cortadas en perfectas rodajas. Y las devorábamos en silencio. El lobo para esa hora dejaba de aullar. Después mientras yo lavaba los platos, él limpiaba su machete cuidadosamente, quitando todas las manchas rojas que se secaban en el filo. Yo volvía a mi habitación. Mi abuelo se sentaba en un viejo sillón del fondo, y pasaba horas mirando su bosque mientras fumaba uno tras otro. Y el lobo volvía a aullar.

Un día, hace mucho, se internó en el bosque. Pasó el tiempo, mis padres dejaron de venir y me quedé sola. Me cuesta cada vez más dormir, me aterrorizan los aullidos y extraño mis remolachas cocidas.