lunes, 17 de enero de 2011

El Carlanco

Todos los años íbamos a la frontera con Brasil, a un lugar que se llama Santa Ana do Livramento, y nos pasábamos cinco o seis días. Fue ahí, en la calle, justo en la puerta del hotel “Uruguay-Brasil” que me lo encontré. Un encendedor Bic, color blanco, con un dibujo de los candangos y el letrero de “Brasilia”.

En Santa Ana no había más que un par de tiendas gigantescas donde todo era muy barato o fácil de robar, lugares en los que se comía mucho y sobre todo, algo que me apasionaba: El cementerio. Todas las veces que fuimos había pasado alguna inundación, y desde el acantilado veía fascinado el desorden de lápidas arrasadas, algún que otro cajón y, aunque la esperanza estaba latente, nunca un cadáver.

La tía Rosa no venía con nosotros a ese viaje, creo que no iba jamás a ningún lado. Era tía de mamá, igual que Ana y la Tota, pero a ella le decíamos Nonna porque había criado a mi madre desde que era chiquita. Un solo gesto de abuela tenía la Nonna con Talía y conmigo; muy de vez en cuando, nos pasábamos a su cama y nos contaba un cuento. Dos en realidad, siempre los mismos.

El primero era el del Carlanco. Un monstruo terrible del que nunca obtuvimos descripción, pero que a mí me gustaba pensar que era un león con cuernos de cabra que caminaba en dos patas. El hecho es que este demonio perseguía a tres ovejitas y estas se metían en una casa. Corrían por un largo pasillo y subían una escalera de madera. El Carlanco atrás. Entonces las pobres al verse acorraladas prendían fuego el lugar y mediante un inexplicable artilugio lograban bajar. Una vez abajo incendiaban también la escalera y el Carlanco se quemaba vivo. Mientras el pobre bicho agonizaba, nosotros ya pedíamos por el segundo cuento: el del tío Mateo.

El tío Mateo era el menor de los hermanos de la Nonna y por sobre todas las cosas, imperdonablemente varón. Una vez, siendo chico hizo alguna travesura y lo castigaron encerrándolo en su pieza. Sus padres tuvieron que salir y le encomendaron la vigilancia a las tres hermanas: Rosa, Ana y la Tota. Mateo buscando hacer quién sabe qué, prendió fuego las cortinas y mediante otro inexplicable artilugio, escapó de de su cuarto y después de la casa. Según la Nonna, a ellas las rescataron los bomberos.

Debe ser por eso que cuando a Talía se le cayó Nicolás, el muñeco de porcelana de la Nonna, y la cabeza se le hizo pedacitos, y la Nonna pensó que había sido yo y me agarró de una oreja y me encerró en el zaguán, entre la puerta de calle y la cancel y yo vi esa pila de diarios, ahí nomás, lo primero que hice fue buscar en el bolsillo y agarrar aquel encendedor Bic, de color blanco, con el dibujo de los Candangos y el letrero de “Brasilia”.

2 comentarios:

  1. Buen cuento. Gracias. Me encanta conocer el cuento del Carlanco. En mi niñez era simplemente una amenaza, sin historia. Si tuvo historia, no la recuerdo.

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  2. Mi abuela nos contaba también el cuento del famoso carlanco, intentando recordar que cuento era para contarle a mi hijo es q llegué aquí. Decir que mi abuela también era de Rivera, en la frontera con Santa Ana do livramento en brasil.

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